Thursday, September 8, 2011

La actitud del té

Tomar café no es lo mismo que tomar té. Mientras el café es la bebida del estrés, el té es la bebida de la tranquilidad. Por cuestión de uso social el
café se ha constituido en una bebida que ha perdido su valor sagrado. El café como el té son bebidas estimulantes y fueron diseñadas para tomarlas en
momentos y en lugares especiales.




Sin embargo, el café ha pasado de ser una
bebida de reyes y se ha constituido en una bebida de oficinistas.

Ahora se toma un café en cualquier momento, porque sí. Ya no es una bebida para el
espíritu, para la palabra. Se ha convertido en una bebida vulgar a la que ahora para terminar de completar se le añada Nutrasweet.


Por el contrario con el té todavía queda una mínima esperanza. El té es la
bebida para sentarse en una tarde de lluvia frente a una ventana. Es la
bebida roja para leer un libro de Chesterton, es esa bebida pausada que al
contrario del café, que se siente en el estómago, el té se siente regado en
los pulmones, en el sistema nervioso central, en la punta de los dedos, en
la lengua, en el aire, en las nubes, en la copa de los árboles, en las
briznas del fuego.
 
Me quedo con el té. Me quedo con su sabor extraño. Con su sabor a árbol
rojo, con su sabor a viento amarillo, con su recuerdo de elefantes grises
bajo la lluvia remota de Oriente. Me quedo con el sabor del té en la lengua,
ese sabor que tiempla el ánimo y lo pone a la temperatura ideal: la
temperatura de la lluvia que cae sobre todos los parques del mundo a las
cinco de la tarde mientras los gatos se escabullen sobre los techos y las
palomas se mueren de tristeza en la hierba fresca. La temperatura de la
niebla cuando suenan todas las campanas de todas las iglesias del mundo
mientras en los bares el humo se condensa y suena un blues triste.
 


Rafael Chaparro Madiedo
 
Tomado de Notas ligeras de antologías Colombianas.
 

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